Migas
Sábado de octubre de 2026
El otro día, en uno de los tantísimos espacios en los que hablamos de lo que nos pasa, en Habitar(nos), hablábamos de la adicción. Y me quedé pensando en algunas cosas.
En primer lugar en que detecto algo de la adicción cuando me doy cuenta de que necesito algo para anestesiar mi angustia. Y esa definición tan amplia nos incluye a todos, porque ¿quién no conoce esto?
¿Quién no sabe de buscar desesperado en la heladera, en la botella, en la computadora, en el porro, en el trabajo, en el teléfono, en la fiesta, en… algo que me calme aquello que me pasa cuando me quedo sólo, cuando fracaso, cuando pierdo, cuando baja el éxito momentáneo… o, simplemente, cuando algo se me abre adentro y no deja de llorar en mí?
Y no hablo (o no hablo sólo) de la adicción que se lleva una vida puesta y nos quedamos "chupando un palo sentado sobre una calabaza", como decía el catalán (justamente ayer Diego Maradona hubiera cumplido 66 años y esta semana vi el documental de Matthew Perry, tristísimo para quienes amamos Friends y sentimos a cada personaje como si fuera un amigo propio); no, hablo también las pequeñas adicciones de quienes no somos adictos. Esos momentos ínfimos, pequeños en los que vamos hacia lo que sabemos que nos enferma, pero que tanto nos atrae.
Y es que la adicción está adherida a nosotros como una identidad, metida en nuestra carne como una garrapata que nos quita la vida, sí, pero a la que conocemos tanto. Porque una adicción nos habla de algo arcaico, de algo pre verbal, pre conceptual, pre todo. Algo del cuerpo, del sudor, del olor, de lo sucio. Y nos promete (y nos da, aunque sea un rato) ese aquí y ahora tan primario y tan final.
Si, claro, por supuesto, también nos lo cobra carísimo. Sí, con la vida misma si la dejamos, pero a cuánto hay que renunciar para disolverla lenta.
Una vez, en Barcelona, tomando un cafecito en Migas, uno de mis lindos lugares catalanes cerca de la Rambla, pensé que algunas de nuestras heridas son tan profundas que nunca sanarán del todo, que siempre tendrán el impulso, el pensamiento, el "instante hacia". Es casi como una reacción instintiva de huida o de defensa. Son marcas que el psiquismo tiene. Y que quizá, cuando estas heridas ya no determinan nada importante de nuestra vida, nuestro movimiento hacia ella ya no sea intentar sanarlas más aún sino acogerlas, albergarlas, darles un lugar, un lugar honrante y respetuoso. Verlas emerger en nosotros y acogerlas con la nostalgia de lo que ya no es pero sigue estando de alguna manera.
Porque hablan de nosotros, hablan de nuestra historia, hablan de lo que fuimos y, de lo que de alguna manera, continúa en nosotros.
Porque tienen derecho a tener una casa en la casa que somos.
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Barcelona, 19/11/2023 - Migas
Hay zonas dañadas para siempre
o casi
o para siempre
o casi
Pero no sabemos la diferencia
ni debemos saberla
ni hace falta
Con estas zonas es necesario cuidado. Y amor
y cuidado y Amor
y Amor y cuidado
Cuidado para intentar no exponerlas a aquello que les duele
y Amor para quererlas más en lo que son que en lo que quisiéramos que fueran
Y darles un lugar
una casa
un hogar
para acurrucarse largo
y llorarse todo el tiempo todo