Mi abuela

Sábado 8 de agosto de 2026

A veces, las palabras de otros nos definen más que las propias.

Las historias de otros nos permiten comprender un hilo incomprensible de las nuestras

Los sonidos de otros nos recuerdan nuestros sonidos


El otro día entré en una de las dos librerías de Mar de las Pampas para comprar un libro. Llovía o casi y estaba terminando Distancia de rescate, la tensionante novela corta de Samanta Schweblin que definitivamente recomiendo.

Siempre me gusta tener algo ahí, leyéndose. No me considero un gran lector pero siempre ando leyendo algo.

Fue así como entré a la librería y compré Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit. El título me interesó, quizá por lo difícil que es para mí esto de "perderme" y también (aunque de esto me di cuenta después) porque Rebeca era el nombre de mi abuela y cada vez que lo leo o lo escucho una sonrisa cálida se me mueve adentro.

El tema es que mi abuela no era una persona demasiado cariñosa, así como uno se imagina a las abuelas de los cuentos o era cariñosa a su manera, que no era la manera de las abuelas de los cuentos. Sin embargo, entre muchas cosas que me dio, me dejó una frase que muchos años después mi psicóloga remarcó muchas veces en mi terapia, quizá porque era la antítesis de lo que se me había enseñado: "No te preocupes"

Ese "no te preocupes" anidó y anida en mí, aunque muchas veces ha estado (y está) tan debajo de pensamientos, mandatos y creencias tan preocupantes que me cuesta escucharla.

Sin embargo la historia no termina aquí ni tampoco en Rebecca Solnit porque cuando ya estaba casi saliendo de la librería vi en la tapa de un libro el nombre de una autora que he seguido bastante el último año, Han Kang, que con su La clase de griego primero y Blanco después, me regaló quizá los últimos dos libros conmovedores que he leído. Este libro de Han Kang además me sorprendió por el título que no conocía, Guardé el anochecer en el cajón. Decidí abrirlo y la sorpresa fue doble: Por un lado eran poemas y por el otro era una edición bilingüe, en chino y español.

Por supuesto decidí comprarlo también.

Una vez en mi casa abrí el libro de Han Kang decidido a hacer lo que hago siempre que tengo en mis manos un libro de poemas: Abrirlo en cualquier página e ir salteando mi lectura.

Sin embargo, me quedé en el primer poema.

Y me acordé de mi abuela


Todo está bien – Han Kang

A los dos meses de nacer

el niño lloraba cuando anochecía.

No era que tuviera hambre

o que le doliera algo.

Sin razón alguna,

así estaba tres horas desde el atardecer hasta la noche.

Por miedo a que se esfumara como una burbuja,

lo cogía en brazos

y deambulaba por toda la casa preguntando:

"¿Qué te pasa?

¿Qué te pasa?

¿Qué te pasa?"

Se me caían las lágrimas

y se mezclaban con las del niño.

Un día de pronto,

aunque nadie me lo enseñó,

le dije:

"Todo está bien.

Todo está bien.

Ya está todo bien".

Increíblemente,

aunque el niño no paró de llorar

la única que sosegó su llanto

fui yo, sin embargo,

de pura casualidad,

unos días después el niño dejó de llorar.

Recién pasados los treinta

supe lo que debía hacer

cuando sollozas dentro de mí.

Como mirando la carita de un niño que gimotea,

me dirijo a tus lágrimas saladas como la espuma:

"Todo está bien"

No digo "qué te pasa"

sino "todo está bien"

"Ya todo está bien"