Adultos y honrantes

Sábado 9 de mayo de 2026

Siempre hay una parte de uno, de ese niño/a que fui, que aún queda en esa casa.

Muchas veces no es sólo una parte sino que es uno mismo quien aún vive allí, rodeado de los mismos muebles, las mismas paredes y mandatos. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si la detención fuera la regla.

Sin embargo, muchas otras veces, uno ha transitado, crecido, cuestionado, aprendido y, finalmente, armado una vida muy cercana al deseo, a la salud, a lo propio. Lo propio que, como todo lo propio, tiene también la leche nutriente de lo que me dieron; y, por supuesto, el color auténtico y original de uno mismo.

Pero incluso en estos casos, incluso cuando nos hemos mudado, construido y armado honrosamente nuestra propia casa allí donde quisimos, incluso en estos casos… algo nuestro, alguna parte de ese niño que fuimos permanece en esa casa de la infancia de la que ya nos marchamos.

Como aquel día que crucé toda la ciudad y fui a comer pizza en San Antonio, en Boedo y Pavón, a 3 cuadras de la casa de mi infancia, de Maza 1882 en la que viví hasta los 27 años. Y, entonces, mientras miraba por la ventana de la pizzería vi (me dirán "lo imaginaste"; "sí, por supuesto" diré, "vi") al niño que fui mirándome a los ojos desde el otro lado del vidrio y diciéndome "sí, todo muy lindo, pero yo aún estoy aquí, en esta casa y en este barrio". Y entonces entendí que algo de mi angustia tenía que ver con pretender irme del todo sin que nada mío quede allí y así desconocer aquella parte que aún estaba en esa casa.

Porque no nacemos de nuevo.

Ni hace falta.

Sólo hace falta irse y comprender que no nacemos de nuevo.

Y entonces podemos volver.

Pero volver como adultos, no como niños buscando el amor de quienes allí vivieron y, quizá, aún viven.

No.

Volver como adultos.

Y buscar. Buscar a ese niño/a que, de alguna manera, permanece allí.

Quizá acurrucado

Quizá atrincherado

Quizá aún sometido y asustado

Volver y remover lo que siempre ha estado siempre igual, desordenarlo como quien corre objetos para ver qué hay debajo. Para ver quién está debajo. Para ver si está debajo.

Sin desesperar pero sin desistir.

Adultamente

Adultos y fuertes y honrantes.

Con los ojos vidriosos y abiertos.

Con esa mirada blanda, amplia y húmeda que los adultos, los hombres y las mujeres, podemos tener cuando buscamos a aquel niño/a que fuimos y que aún se encuentra allí.

Que podemos y que necesitamos tener.

Que él necesita que tengamos.