La oftalmóloga
Sábado 22 de agosto de 2026
Esta semana tenía turno con la oftalmóloga.
Es la oftalmóloga de la prepaga que el sistema me asignó una vez y a la que había ido un par de veces antes. La última vez había sido hace un par de años y sólo la recordaba como una mujer un poco seca, casi de mal humor.
Llegué puntual y esperé un par de minutos en la sala de espera.
Enseguida se abrió la puerta del consultorio y me llamó.
Era similar a como la recordaba, unos 70 años, bajita. Una mujer normal (aunque nunca se sabe bien qué significa eso).
- "Siéntese" – me dijo. Y el tratarme de usted me hizo recordar a las maestras de mi época que nos trataban de usted aunque tuviéramos 8 años.
Ella se sentó frente a mí y comenzó a buscar en su computadora.
- Ah – me dijo de golpe – Usted me abandonó el último año.
El tono fue de reto (otra vez las maestras); me sorprendió y divirtió casi por partes iguales y no alcancé a entender del todo si estaba hablando en serio o no.
- ¿Por qué no vino? – preguntó incisiva.
- Bueno… - dudé como un niño atrapado en pleno delito – se me complicó un poco
- ¿Se le complicó? ¿Qué es eso?
Miró unos instantes más la pantalla y agregó
- Y además ¿por qué no tiene puestos los anteojos?
Dudé nuevamente y en la desesperación (infantil) señalé los anteojos que estaban en el estuche
- Bueno, aquí están.
- Si, si, me imagino que debe ver mejor con los anteojos guardados. Aquí veo que usted tiene que tener anteojos permanentes – dijo mirando su computadora.
- Bueno… si… lo que pasa…
Quienes me conocen saben que suelo no sentirme apabullado en los vínculos, sin embargo nuestra oftalmóloga, con su delantal blanco, su metro 60 y su mirada por sobre sus lentes me divertía y me arrinconaba a la vez.
- ¿Qué es lo que pasa? – Me preguntó impaciente por mi duda de alumno de primaria.
- Bueno, es que es incómodo llevarlos siempre – dije comprendiendo el error táctico luego de cometerlo, como el jugador de ajedrez que se da cuenta de la mala jugada una vez que suelta la pieza.
- Ah, qué bien ¿y es cómodo no distinguir una persona de una silla a 10 metros de distancia?
"Jaque" – pensé y eché a reír.
- No, bueno… lo que pasa…
- Lo que pasa, lo que pasa – me dijo levantándose de su silla y yendo hacia el cartel con las letras que hay en todo consultorio oftalmológico.
- A ver, dígame ¿qué ve acá?
Pude decir las letras de la fila que me señaló y la de abajo pero luego empecé a trastabillar.
- ¿Ve, ve? – Me dijo – Dígame ¿a usted le gusta sufrir?
No pude contener la risa (aunque ella no reía) y balbuceé nuevamente
- No, claro que no, pero…
- Dígame ¿de qué trabaja usted?
- Soy psicólogo – le dije
- Ah, psicólogo, muy bien. Y entonces dígame ¿alguien en su familia no quería ver?
Volví a reírme y entonces… me acordé de mi papá.
Porque mi papá no quería usar anteojos y así lo hizo durante muchos años, diciendo que él no los necesitaba. Cuando ya no pudo evitar darse cuenta de que le costaba mucho leer porque la distancia a la que tenía que poner el diario era mayor al alcance de su brazo, decidió comprar una lupa y así leyó durante varios años más. Esto fue así hasta que un día su mamá (mi abuela) que tendría unos 80 años en ese momento, viéndolo leer el diario con lupa le dijo "¿qué estás haciendo?" y le puso, así sin pedirle permiso, sus propios anteojos (los de ella) en los ojos. Mi padre se resistió brevemente hasta que vio (literalmente) a través de los lentes de su madre y sólo alcanzó a decir "ah…" para quedarse callado y aceptar que había perdido… y ganado en el mismo momento.
A la semana tenía sus propios anteojos.
De todo esto me acordé en el instante en el que mi oftalmóloga (porque ahora ya es mi oftalmóloga) me preguntó acerca de mi familia y, quizá como mi papá, quedé en silencio un momento para luego decirle
- ¿Sabe que sí? Mi papá leía el diario con una lupa
Mi oftalmóloga se sorprendió y mirándome dijo
- Ah, mire usted.
E hizo un silencio, para después agregar
- ¿A usted le parece, leer con una lupa?
Hubo otro instante de silencio, similar a aquellos que ocurren en sesión.
Inmediatamente volvió al jaque de hacía un par de minutos y dio la estocada final.
- ¿Ve? – Me dijo – Digamé ¿cuántos meses tarda usted en su trabajo para que el paciente se dé cuenta de una cosa así? Acá lo hizo en dos minutos. Si le parece, todos los pacientes que no avanzan me los manda para acá y listo.
No pude evitar reírme, derrotado y agradecido. Ella también rió.
Al final, cuando me estaba yendo me dijo
- Bueno, lo veo en un año, no me vuelva a abandonar.
- Sí – dije – y le prometo que voy a estudiar más.
Me miró por encima de sus anteojos
- No sé si creerle – me dijo
Luego me sonrió palmeándome el brazo mientras me abría la puerta.