Hablando de la tristeza

Sábado 12 de septiembre de 2026

Casi sin querer, medio de aburrido nomás, la otra noche di con una película que no estaba en mi radar y que me conmovió.

Se llama La esperanza vive en mí, no es actual sino del 2007, está en Netflix. Y si bien el título tiene la palabra "esperanza", toda la película se trata de la tristeza, profunda, honda y humana.

Son dos protagonistas, uno de ellos, protagonizado por Adam Sandler (que es mucho más que un muy buen actor de comedia) perdió a toda su familia (esposa, 3 hijas y hasta el perro) en el drama de las Torres Gemelas y desde ese momento se dedicó simple o complejamente a negar todo pensamiento que tenga que ver con la familia perdida. Siempre está con música en sus auriculares o jugando a un videojuego mientras deambula en un monopatín por una Nueva York generalmente desierta.

El otro, protagonizado por Don Cheadle, tiene una vida perfecta, el sueño americano se ha hecho realidad. Sin embargo, el vacío y el sinsentido encuentran sitio en él y va tomando conciencia de ello cuando encuentra casualmente a su ex compañero de universidad y, conociendo su tragedia, decide ayudarlo sin comprender que ambas soledades conviven en ambos y que ayudar al otro es imposible sin ver su propio hueco.

La película me conmovió en varios momentos (sobre todo la vulnerabilidad extrema de Adam Sandler) y pensé mucho en la tristeza. En la tristeza de las tragedias, en la tristeza cotidiana, que a veces se va posando sobre nosotros como consecuencia de micro decisiones que casi ni nos damos cuenta que vamos tomando y finalmente determinan toda nuestra vida y también en la bella tristeza que la vida trae consigo, tan cercana a la vulnerabilidad, al agradecimiento y al amor.

Me acordé también de un podcast que a veces veo que se llama La Sillita, en donde el joven conductor reportea durante casi una hora a un/a joven invitado/a que en general no conozco porque es un famoso YouTuber o Instagramer o alguna otra red social que frecuento poco. En un episodio de La Sillita, titulado La Tristeza, la invitada, al parecer famosa conductora de un programa cómico no dejaba de reírse mientras contaba como había caído en depresión y el horror de un ataque de pánico en plena avenida Cabildo en donde estaba completamente segura de que moriría.

Parecido a esto recordé que el marido de mi prima un día, cuando yo le estaba contando de qué trataba esto de las Escenas Matrices, me interrumpió y me dijo "No, no, eso no va conmigo. Yo hago esto, escuchá: Cuando tengo algún recuerdo de mi infancia que me pone mal lo meto en un cajoncito mental y cierro ese cajoncito para siempre". Como comprenderán, a partir de ese momento, ambos coincidimos en declararlo a él como autor de una rama de la teoría de las Escenas Matrices que denominamos Las Escenas Matrices del Cajoncito.

También recordé (o, en realidad, siempre lo tengo presente aunque no piense en él) a alguien a quien quiero profundamente que se ríe siempre y para quien todo es motivo de disparate hasta que no puede sostenerlo y se va para no volver o para volver después de mucho. Y de la tristeza que me genera que no quiera verme. Y de la que me genera el quizá tampoco querer verlo.

Y también me acordé de mí, y de cómo la tristeza se ha ido acomodando y ha ido pasando de ser consecuencia de lo que me angustia (adentro y afuera) a ser una especie de telón de fondo que convive con otras emociones y que me permite disfrutar un poquito más de los días grises y de la lluvia y también de los de sol y quedar cada vez un poquito menos preso de lo aplastante de la angustia de allá y entonces puesta en el aquí y ahora.

La dignidad de la tristeza

y lo que hacemos con ella

Para habitarla

para negarla

para perpetuarla

para honrarla

Y lo humano de la tristeza

que también nos cuenta bellamente que esto que somos con todo lo que amamos también terminará.

Y que está bien.