Plazas interiores

Sábado 24 de octubre de 2026

Se bajó como siempre en Juramento y caminó hacia el lado de Cramer, hasta llegar a Moldes. Sin embargo, cuando llegó a la puerta de su edificio pensó que quizá sería mejor dar una vuelta antes de entrar a su casa sólo para hacer lo que siempre hacía un jueves a esa hora: prepararse para el viernes. "¿Por qué no?" se dijo a sí mismo cruzando primero Vidal y luego Cramer, adentrándose en las calles más pequeñas de Belgrano. 

Cruzó entonces Zapiola y luego Freire y al llegar a la vía comprendió que estaba yendo hacia la Plaza Castelli y se sorprendió al sentir, a la vez, alegría y tristeza. No supo en ese momento si la sorpresa tenía que ver con lo doble de la sensación, con el estar yendo hacia allí o con el darse cuenta del tiempo que hacía que no iba; o con todo eso y con algo más que no alcanzaba a descifrar.

Había estado en esa plaza durante toda su niñez y conocía esos juegos de memoria. Luego, la adolescencia y el cambio de colegio hicieron que durante unos años no fuera hasta que, después de los 20 o 21, volvió aunque la plaza ya no fue la de los juegos infantiles sino la de la búsqueda, en aquellos tiempos en los que Juan deambulaba entre cursos de teatro, literatura, filosofía y se buscaba huyendo de aquellos lugares donde podría encontrarse. Así, durante unos tres o cuatro años, Juan pasó mucho tiempo en esos bancos, pensándose, discurriendo entre deseos no confesados y deberes, decidiendo sin decidir qué era lo que quería hacer con su vida y, finalmente, ahogándose con culpa en el libro de ocasión que llevaba siempre bajo el brazo ("si leés, no hacés", le decía desde chico su mamá, mientras le sacaba de las manos otros libros en otras plazas interiores).

Ahora hacía tiempo que no iba a esa plaza, desde antes de su última pareja y más aún, desde antes de trabajar en la oficina. La vida había cambiado y algo de la nostalgia había quedado entre esos árboles y no había salido de allí.

Mientras cruzaba la vía observó lo igual y lo diferente que estaba la plaza a cómo él la recordaba. Había más juegos para los niños, más espacio verde y también una reja que rodeaba su perímetro y la separaba del afuera.

Cuando llegó, Juan se detuvo a dos pasos de la puerta e, inesperadamente, se sintió incómodo. No porque la puerta no le agradara, de hecho le gustaba tanto el material como la forma. Sin embargo, algo lo inquietó.

Luego de unos instantes de tiempo casi detenido, comprendió que allí donde se encontraba, de pie a un paso de la puerta, solo le quedaban dos opciones: O giraba levemente hacia su izquierda y comenzaba a caminar rodeando la plaza del lado de afuera o, por el contrario, transponía la puerta ingresando en el terreno de la plaza y dejando el afuera detrás de sí.

Dudó y temió.

Estuvo así unos minutos sin decidirse, hasta que finalmente y sin pensarlo dio un paso e ingresó en la plaza. En un primer momento Juan no pudo comprender este movimiento ajeno, que él casi no había decidido, aunque inmediatamente sonrió apenas, orgulloso de sí mismo por haber hecho algo no calculado, no pensado y repensado de antemano. Fue así, casi sin quererlo o sin darse cuenta de que quizá lo quería, como Juan se encontró dentro de la plaza caminando entre árboles conocidos y extraños a la vez; en un atardecer inesperado.

Anduvo casi ausente durante varios minutos recordándose y dándose tiempo para ser hasta que finalmente se acercó a un banco y pensó en sentarse para disfrutar del aire fresco que preanunciaba la noche. Sin embargo, justo antes de hacerlo divisó hacia lo lejos a un hombre que, sentado en el pasto, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo, miraba a la nada. A simple vista se trataba de una persona normal sin algo que llamara la atención; sin embargo Juan se sorprendió y se detuvo a mirarlo. Estuvo así durante varios minutos, oscilando entre sentarse y no hacerlo hasta que se dio cuenta de que no podía distraer la mirada de ese rostro cuyas facciones apenas podía distinguir desde la distancia.

Decidió entonces no sentarse y comenzó a caminar lentamente hacia él casi sin darse cuenta, como si fuera la curiosidad la que lo guiaba.

La noche comenzaba a caer y la oscuridad ganaba un terreno que finalmente le era propio, mientras Juan daba un paso y luego otro en dirección a ese extraño desconocido.

Cuando ya había recorrido unos diez metros, pensó que debía tener 20 o 22 años y se sorprendió un poco ya que a la distancia hubiera jurado que el hombre no era menor que él. "Lo hubiera jurado" se dijo mientras volvía a detenerse y a andar, queriendo y no queriendo acercarse, como tantas cosas en su vida.

Cuando llegó casi hasta la mitad de la plaza Juan miró fijo al otro e incrédulo no pudo no aceptar que aquel tenía ahora no más de 16 o 17 años; esto volvió a sorprenderlo pero ahora también la ansiedad se hizo presente en forma de respiración entrecortada y sudor frío en las manos. Sin embargo consiguió transitar los siguientes diez o quince pasos queriendo a la vez irse y quedarse, dudando entre su propia percepción de la edad del otro y un terrible presentimiento emergente de una realidad incomprensible.

Muchas veces caminamos para no llegar a donde nos dirigimos. Si pudiéramos decidir huiríamos hacia el lado contrario, sin embargo algo nos empuja y el imán de aquello que necesitamos tira de nosotros con mayor fuerza que nosotros mismos. Juan se encontraba entre estas dos extraordinarias fuerzas; por un lado experimentaba un deseo vehemente de retirarse, de dar media vuelta y abandonar la plaza, pero por el otro algo mucho mayor tiraba también de él y lo dirigía hacia aquel extraño sujeto que continuaba sentado en el pasto a media plaza de distancia.

Cuando se encontraba exactamente a mitad de camino entre donde había comenzado su recorrido y el hombre a quien miraba Juan se detuvo, miró a ambos lados y por un instante pensó en la huida. Miró urgente a su alrededor y buscó otro lugar por el cual abandonar la plaza e inmediatamente comprendió que ese otro lugar no existía y que la plaza tenía solo dos salidas: aquella por la que ingresó y que estaba a media plaza detrás de él y la otra, que se encontraba exactamente detrás del hombre que tenía enfrente y que estaba a media plaza adelante suyo. Probablemente Juan hubiera podido pensar que la cerca que hacía unos años no estaba, quizá estaba ahora para evitar que huya y que muchas veces la vida es tan abismalmente bondadosa que se encarga de no poner cercas cuando necesitamos huir y de ponerlas cuando solo podemos crecer si no huimos.

Sin embargo nada de eso pensó Juan sino que solo continuó caminando para, diez pasos pasos después, comprender que el otro era ya solo un adolescente de 15 años y luego 14 y luego 12.

Detenido a veinte pasos del adolescente, Juan percibió el ahogo de la revelación inminente y sintió cómo un inmenso agujero negro se abría justo delante de sí. Se trataba de un hueco oscuro y denso, un hueco que, sin tocarlo, tiraba de él de una manera extraordinariamente atemorizante y familiar. Al otro lado, el niño de 10 años seguía sentado sobre el césped y Juan vio que en realidad no tenía las manos descansando en el regazo sino que éstas estaban crispadas y que el niño no miraba a la nada sino que sus ojos temerosos veían algo que sólo él veía.

Juan no pudo evitar ser tomado entonces por el agujero negro, que abriéndose como una enorme boca oscura, comenzó a tragarlo mientras él casi bellamente se dejaba caer soltándose hacia adelante y caminando blando aún unos pasos más, cayendo en el hueco del no tiempo y fundiéndose en él para ser lo que era desde siempre, para habitar aquello que rechazaba y para vivir, por qué no, su muerte.

Cuando emergió y volvió al tiempo, Juan ya estaba cara a cara con aquel niño de 3 o 4 años que (no) lo miraba llorando su llanto de siempre, con los ojos fijos en la escena fija, incapaz de soltarse y volver al mundo.

Juan se arrodilló blando, lo miró húmedo, abrió sus brazos lentos e hizo un hueco en su pecho para que el niño entrara aunque éste aún no podía verlo. Estuvo así unos instantes y al ver que el niño aún no estaba allí lo tomó apenas de los hombros y lo empujó leve, levísimo, hacia adelante y hacia sí mismo en una pequeña caída tan improbable como la de él mismo antes del no tiempo.

El niño no se resistió y Juan, que también lloraba, se sorprendió de lo frágil que era el pequeño cuerpo que ahora estaba en su pecho y de cuánto de sus brazos le sobraban en el acto de abrazarlo.

Así permanecieron largo, el niño en Juan y Juan albergándolo y descubriéndolo y sorprendido, mientras lloraban juntos en la oscuridad de la noche.