Rotondear

Sábado 13 de diciembre de 2025

El término lo inventó (o lo trajo) un paciente. Y me pareció tan descriptivo, tan "tal cual" de lo que nos pasa tantas veces tan propio y tan común.

Porque rotondear no es estar indeciso ni no saber qué hacer ni estar viendo cuál es la mejor opción. O mejor dicho, es eso; pero más.

Es más como una inquietud, una sensación de no hay salida aunque las salidas allí estén; pero ninguna me lleva, ninguna me saca, ninguna me calma.

Y entonces giramos

y giramos

y giramos

Y las salidas pasan y vuelven a pasar

y en el girar seguimos en la rotonda

rotondeando

Y quizá también es así porque en realidad podríamos salir en cualquier salida, pero lo que se juega es otra cosa. Algo más profundo, más íntimo, más histórico. Algo que se repite y vuelve a repetirse.

Y que no se resuelve allí donde decidamos salir.

Porque ninguna salida de la rotonda nos llevará ni al paraíso ni al infierno.

Porque el paraíso es lo que hubiéramos querido que no nos pase, y el infierno es lo que nos pasó.

Por eso dos opciones:

quizá salir y listo. Tomar cualquier salida y ver dónde nos lleva, sí.

o también seguir rotondeando, pero no con la duda interminable y angustiante de si es aquí o allí donde deberíamos (interesante y neurótico verbo) salir sino honrando la rotonda que transitamos y que nos habita.

Honrando y habitando la rotonda y permitiéndonos girar; pero no sólo girar sino también caer hacia algo más hondo que lo que hoy sucede, hacia algo más profundo, más íntimo, más histórico. 

Hasta que la rotonda vaya disolviéndose en el llanto y casi sin quererlo podamos ver que, en realidad, la rotonda también es parte del camino.