Cris

Sábado 28 de marzo de 2026

Se llamaba Cristina.

Cris

Y son como esos actores secundarios, que no protagonizan la película pero que definen mucho de ella.

Tenía unos 20 años más que yo. Era Coordinadora del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, el programa que me albergó y me nutrió allá entre el 2004 y el 2010, cuando mi vida fue virando desde la música hacia la psicología, con todo lo que ello conllevó (a veces creo que no me doy verdadera cuenta de ese viraje, de ese cambio lento, paulatino y rotundo del camino trazado).

Entré al Programa porque estaba buscando cuáles serían mis lugares después de perder mi puesto de director titular de la Sinfónica de Santa Fe y de plantearme seriamente (hasta donde podía escucharme) para dónde iría mi vida y yo con ella.

En el Programa había talleres de todo tipo, todos gratuitos y uno podía anotarse donde quisiera. Me anoté en uno que se abría en ese momento, uno de los Talleres de Salud y Crecimiento. Lo coordinaba Cris.

Casi al mismo momento decidí anotarme al Taller de Coordinadores, el taller que era necesario hacer si uno quería coordinar algún taller en algún momento. Yo quería; mi pulsión de psicólogo ya latía fuerte, aunque yo no la podía escuchar en mí.

Comenzaron ambos talleres casi al mismo tiempo y allá fuimos.

A los 3 meses, en cuanto terminé el Taller de Coordinadores, Cris me propuso ser Ayudante en el Taller de Salud y Crecimiento.

Fue la primera vez que alguien confió en mí como ayudador, lo supe pero no lo supe en aquel momento. Como sucede muchas veces, uno agradece sólo en la medida en que se da cuenta del regalo recibido. Sólo le dije "gracias" y acepté.

Ya eso fue mucho, aunque no fue lo más grande.

Mientras, casi como en secreto de mí mismo, el deseo de estudiar psicología emergía lentamente. Como una tormenta que se avecina entre los mandatos opuestos o como el sol que aparecerá aunque las nubes se resistan. Yo tenía 33 años, sí, pero estudiar psicología seguía siendo una desobediencia infantil no sólo a lo que se suponía que sería sino también al hecho de mirarnos adentro.

La tormenta o el sol continuaron gestándose y en un momento ya no hubo forma de que no estuviera allí lo que allí estaba. Recuerdo que dudaba en silencio. Había averiguado por la carrera en diferentes universidades pero nadie lo sabía.

No lo pensé. Decidí sin saber que estaba buscando alguien que pudiera escucharme. Un confidente, un cómplice, alguien que a la vez me acogiera y me expulsara.

Allí estaba Cris.

Antes de un taller, mientras estábamos preparando las sillas para los talleristas que vendrían un poco más tarde, me acerqué apenas mientras ella colocaba una silla en el piso. Bajé la mirada, casi con vergüenza, como quien se disculpa, tantea, murmura

y dije, casi como para mí, pero para ella

"Me parece que quiero estudiar psicología"


La confesión


Lo que primero me sorprendió cuando se dio vuelta fueron los hombros hacia arriba y la incomprensión del planteo en su rostro

Y luego el

"Y... estudiá"

que desbarató los años y años de cataclismos que uno imagina que sucederán cuando por fin se permite ser lo que es.


Fue la que posibilitó que fuera lo que ya era.

Siempre le agradezco porque fue la puerta.

Me dirán que si no hubiera estado ella habría habido otra persona.

Si, diré

Pero estaba ella.


Estuve en el Programa del Pirovano hasta el 2010.

Ese año me recibí de psicólogo. Ese año también nació mi hija.

Después de eso sólo la vi una vez más un día que volví al taller de visita.

Ya no era mi lugar.

Le agradezco todo.

No sé por qué la recordé hoy mientras meditaba, quizá porque también hoy necesito otros hombros hacia arriba y otras incomprensiones ante permisos que me cuesta darme.

O quizá porque quienes nos abrieron puertas siguen en nosotros también cuando ya las hemos atravesado