Berggasse 19
Sábado 4 de abril de 2026
La primera vez fue hace tres años. Ayer fue la segunda, aunque ahora con mi hija.
Te atraviesa algo, no es exactamente, pero es como si fuera un anhelo infantil, una ilusión de otro tiempo
una conmoción
si, una conmoción.
Es que todos tenemos nuestros seres admirados, los "Padres de la Vida" como decía en algún otro escrito, los referentes. Aquellos sobre cuyos hombros nos paramos.
Por eso, cuando ayer llegué nuevamente (como hace 3 años, pero ahora con mi hija) a Berggasse 19, en Viena me volvió a sorprender lo que me sorprendió la primera vez
una conmoción
sí, una conmoción.
Y eso que yo no creo en los ídolos. Como buen hijo de mi padre todavía escucho sus palabras "un hombre no puede idolatrar a otro hombre porque si lo idolatra lo sube a otro nivel y un hombre siempre es un hombre". Si, si… claro ¿cómo no acordar con mi padre? Es obvio, evidente y cierto.
Obvio, evidente y cierto.
Pero quizá, con los años y con las muchas canas, aprendí una manera de admirar diferente. Una manera de admirar no ciega, no embelesada, no obediente; sino con desacuerdos, con "esto no", con más adultez, sin perder mi individualidad y voz propia. Una manera de admirar más cercana al agradecimiento y al abrazo que a la idolatría distante y temerosa.
Porque ¿qué otra cosa más que abrazarlo largo (y, por qué no, llorar de agradecimiento y de alegría) hubiera hecho ayer si hubiera aparecido caminando por su casa mientras yo la recorría?
Una admiración cercana, una admiración abrazante, una admiración hermanada y agradeciente.
Cuando ayer entré en su consultorio y recorrí otra vez (como hace 3 años, pero ahora con mi hija) el espacio en el que tantas veces él había estado, el espacio en el que él había hecho lo que hoy yo hago, no pude evitar nuevamente
una conmoción
sí, una conmoción.
"Parecés un nene", me dijo mi hija.
Y, si…
un nene conmovido